Hace muchos, muchos años, como bien dice Roberto Carlos, que ya cuenta con 71, “mejor no contar cuántos”, su compatriota y amigo Caetano Veloso estrenó en un teatro de la calle Corrientes, en Buenos Aires, la canción “Debajo de los caracoles de tus cabellos”.
Antes de entonarla, Caetano, quien por entonces era un joven sensual en la cúspide de su carrera, contó que el tema había sido especialmente compuesto para él por Roberto Carlos, quien se la hizo llegar a Londres, cuando el bahiano atravesaba una de las etapas más oscuras de su vida, obligado al exilio junto a Gilberto Gil, expulsados ambos a punta de pistola por la dictadura brasileña a principios de los 70.
Cuando mencionó a Roberto Carlos, el público respondió con un abucheo generalizado que causó la ira de Veloso, quien hizo callar a sus músicos y se dirigió visiblemente molesto a los espectadores.
“Ustedes no tienen la menor idea de la clase de artista que están despreciando. Ustedes son, sencillamente, unos ignorantes”, dijo más o menos Caetano.
Caetano y Roberto Carlos mantienen una relación llena de altibajos hace más de 40 años, que se ha mantenido no sólo porque se conocen desde adolescentes, sino porque se admiran mutuamente con devoción.
Compartieron escenario en 2008, pero antes María Bethania, la hermana de Caetano, le había dedicado íntegramente un disco a las canciones de Roberto y Veloso había compuesto para él la maravillosa “Como Dois e Dois”.
Hoy, que han pasado exilios, años, éxitos desbordantes, Roberto Carlos no necesita a nadie que lo defienda. Considerado con justicia el brasileño más hispano del mundo, fue el artista que abrió las puertas del siempre cerrado universo de su Brasil natal para tratar de comunicar su forma profunda, melancólica y siempre certera de entender el amor.
Es el profeta del amor perdido. Ha dedicado todo el arte de que ha sido capaz a hablar del amor que ya no se tiene y lo ha hecho sin histerias ni estridencias.
Cuando Roberto Carlos canta al amor despojado, no lo canta: lo habla. Y al hacerlo se mimetiza con el oyente pertinaz de sus canciones. “Soy como ustedes”, suele decir.
Esa manera de llegar al lado profundo del corazón de quien lo escucha y de decir lo que nos pasa cuando nos enamoramos y, sobre todo, nos desenamoramos, es lo que lo mantiene en la memoria emotiva de miles de espectadores en el mundo y es ese el pasaporte que esgrimió en la noche del viernes en un colmado Auditorio Nacional.
Roberto Carlos ya no es el de antes. Ya no canta igual y hasta puede que en algunos pequeños tramos desafine con elegancia, es decir, alejándose sabiamente del micrófono cuando se da cuenta de que no va a llegar a una nota o permitiendo que el público coree una frase y él pueda así tomar aire para seguir.
Sin embargo, las canciones están ahí y duelen en el mismo sitio, conmueven con la misma intensidad.
Pasan los años, pero no pasan las canciones, cuando son buenas.
Y los temas de Roberto Carlos, tenía razón Caetano Veloso, son el patrimonio de un artista extraordinario, irrepetible.
Acompañado por una orquesta de 19 músicos, casi todos contemporáneos que lo acompañan desde los inicios de su carrera, desgranó temas que hicieron levantar a los espectadores de sus butacas. Muchos lloraron, muchos se quedaron pensativos al borde del asiento cuando oyeron “Detalles”, “Emociones”, “Qué será de ti”, “Distancia”, “Amada amante”…
Lo que ya no tiene en voz, lo tiene en destreza sobre las tablas y es, sin duda, un artista entrañable que seguramente tiene más de un millón de amigos, muchos de ellos de nacionalidad mexicana como puede comprobarse en estos tres conciertos hoy, mañana y pasado que el brasileño ofrece en el Distrito Federal.
Por una extraña condición física de los cantantes, Roberto Carlos canta ahora mucho mejor en portugués que en español. Es en su lengua madre donde el intérprete recupera los brillos esplendorosos del ayer.
En cualquier idioma, no obstante, el cantante hace lo que quiere con las emociones de sus oyentes a quienes no deja iguales después de un concierto de 1 hora y media que se hizo un poco corto.


